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Cómo saber si tu necesidad de controlar oculta ansiedad y qué hacer al respecto.

Persona revisando documentos en una mesa de madera, sosteniendo una taza de té. Hay una brújula y una planta decorativa.

Estás en la cocina, mirando el hervidor como si pudiera explotar. Las tazas están perfectamente alineadas, las cucharillas en una fila recta, las bolsitas de té ordenadas por sabor. Entra tu pareja, va a por la taza “equivocada” y, antes de que puedas evitarlo, saltas: «No, esa no».

Te mira, confundida. Tú te sientes ridícula y un poco avergonzada, pero también extrañamente con razón. Esa taza es para las visitas. Esa es la norma… ¿no?

La verdad es que tu cuerpo está en alerta. Tienes el pecho oprimido, la mandíbula apretada, y todo se sentirá un poco más seguro si las cosas salen exactamente como lo habías planeado.

No eres “solo quisquillosa”.

Puede que haya otra cosa llevando el timón.

Cuando el control deja de ser útil y empieza a ocultar la ansiedad

Hay un tipo de control que se siente limpio y eficiente. Ordenar el escritorio, planificar la semana, usar una app para el presupuesto. Y luego está el otro. Ese en el que reescribes un correo diez veces, no dejas que nadie más cargue el lavavajillas y notas cómo se te dispara el pulso si alguien llega cinco minutos tarde.

Por fuera, puede parecer que tienes estándares altos o que “eres responsable”. Por dentro, tu sistema nervioso está rastreando peligro como una alarma de humo con las pilas viejas. Cada imprevisibilidad se siente como una amenaza diminuta, y entonces aprietas más.

Te dices que solo intentas que todo vaya sobre raíles. Pero tu cuerpo, en silencio, está gritando: «¿Y si algo sale mal?».

Imagínate esto. Tu equipo del trabajo está preparando una presentación. Tú te ofreces a “juntarlo todo” porque “te sabes el formato”. Te quedas hasta tarde tres noches seguidas ajustando fuentes, colores, comas. Rechazas ayuda porque «será más rápido si lo hago yo».

El día de la presentación, todo el mundo elogia tus diapositivas. Sonríes, pero estás agotada y un poco resentida. Nadie ve la espiral de edición de las tres de la mañana, los pensamientos acelerados, la sensación de que si un solo punto estaba mal, todo se vendría abajo.

Esto no es solo dedicación. Es tu cerebro intentando controlar cada variable para no tener que convivir con la incertidumbre. Eso no es ambición. Es ansiedad con una americana bonita.

Controlar se siente más seguro que admitir que tienes miedo. La ansiedad es caótica, vulnerable y poco “instagramable”. El control, en cambio, parece productivo, respetable, incluso admirable.

Así que tu mente se pone ingeniosa. En vez de pensar «Me da ansiedad que me juzguen», piensas «La gente es un desastre y tengo que hacerlo todo yo». En vez de «Me aterra que me abandonen», piensas «Mi pareja tiene que contestar en diez minutos o se acabó».

Lo que realmente pasa es que tu necesidad de control se está convirtiendo en un escudo. Te evita sentarte con la incomodidad, pero también te deja atrapada. Porque mientras te centras en controlar todo lo de fuera, no estás escuchando lo que pasa dentro.

Cómo detectar la ansiedad de fondo - y aflojar el agarre

Empieza con una pregunta sencilla la próxima vez que notes ese impulso de controlar: «¿Qué temo que pase si esto no sale a mi manera?».

Pregúntatelo cuando te entren ganas de reescribir el mensaje de alguien, cuando te moleste que una amiga cambie los planes, cuando tu hijo se ponga los zapatos “mal”. No juzgues la respuesta. Solo obsérvala.

Quizá el miedo sea «Pensarán que soy incompetente» o «Si no lo gestiono todo, se va a desmoronar». Cuando pones nombre al miedo, el impulso de controlar pierde un poco de su magia. Puedes seguir eligiendo actuar, pero ahora sabes que no es solo que seas “organizada”. Estás calmando una parte tuya asustada.

Un experimento suave: deja que algo sea ligeramente imperfecto a propósito. Envía el correo con una frase que no esté pulida hasta el extremo. Deja que tu amiga elija el restaurante sin mirar reseñas tres veces. Carga el lavavajillas “a su manera” una vez y aléjate.

Probablemente notarás un pico de incomodidad. Tal vez se te revuelva el estómago. Tal vez tu cabeza grite: «¡Esto está mal!». Ese es el momento exacto para parar y respirar, no para correr a arreglarlo. Tres exhalaciones lentas. Siente los pies en el suelo. Recuérdate: «Estoy a salvo aunque esto no sea exactamente como lo haría yo».

Esto es entrenamiento del sistema nervioso, no autosabotaje. Poco a poco estás enseñándole a tu cuerpo que un pequeño caos no equivale a una catástrofe. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días sin fallar. Pero cada mini experimento es una grieta en el muro que el control ha construido.

«El control era mi armadura. No me di cuenta de que iba arrastrando un escudo por cada habitación a la que entraba», me dijo hace poco una lectora. «Cuando vi la ansiedad que había debajo, por fin pude dejar el escudo en el suelo un minuto».

  • Observa tus señales: apretar la mandíbula, dar demasiadas explicaciones, pensamientos de «ya lo hago yo».
  • Ponle nombre al miedo: «Me da miedo quedar como una idiota», «Me da miedo que se vayan», «Me da miedo perder el control».
  • Elige una renuncia pequeña: deja que alguien te ayude, acepta otra manera de hacer las cosas, deja una tarea pequeña sin terminar durante la noche.
  • Regula tu cuerpo, no la habitación: respira, estira, sal a la calle, bebe agua antes de enviar el cuarto mensaje de “seguimiento”.
  • Busca apoyo honesto: una terapeuta, una coach o una amiga de confianza que no se limite a decir «Relájate», sino que te escuche de verdad.

Vivir con menos control y más confianza en ti

Hay un alivio extraño en darte cuenta de que tu necesidad de controlarlo todo no es un defecto de personalidad, sino una estrategia de supervivencia. Viene de algún sitio. Quizá una infancia caótica, un padre o madre muy crítico, una ruptura difícil, un trabajo donde los errores se castigaban con dureza.

Cuando lo ves así, puedes sostener tus patrones con menos vergüenza y más curiosidad. No tienes que pasar de “controlarlo todo” a “rendición total”. Esto no es un montaje de película. Se parece más a subir o bajar un regulador de luz: clic a clic, cada vez que eliges comprensión en lugar de autocastigo.

Puede que notes cosas nuevas cuando aflojas un poco el agarre. Las conversaciones se sienten menos como negociaciones y más como intercambios. Tus relaciones respiran más. La gente a tu alrededor da un paso al frente de formas que no podía cuando tú lo llevabas todo en silencio.

También te encuentras con partes de ti a las que has estado demasiado ocupada gestionando como para oírlas. La parte que está cansada. La parte que quiere suavidad, no solo eficiencia. La parte que, en el fondo, confía en que incluso si las cosas se salen del guion, encontrarás una manera de atravesarlo. Esa confianza no aparece de la noche a la mañana. Crece cada vez que no corriges, no controlas, y ves que sigues estando bien.

Todas hemos estado ahí: ese momento en el que te das cuenta de que tus “estándares” te están costando sueño, ternura y alegría. Si tus patrones de control empiezan a pesarte, eso no es un fracaso. Es tu sistema susurrándote que está listo para otra forma de vivir.

Puedes seguir amando la estructura, las listas, los planes. Puedes seguir siendo quien recuerda los cumpleaños y revisa los detalles. El cambio es sutil pero radical: pasar de controlar para sentirte a salvo, a elegir cuándo sujetar y cuándo soltar porque te sientes lo bastante a salvo.

No tienes que soltarte la armadura de golpe. Puedes simplemente aflojar la correa, un pequeño y valiente momento cada vez.

Punto clave Detalle Valor para la lectora
El control puede enmascarar la ansiedad La sobreplanificación, el perfeccionismo y la microgestión a menudo esconden miedos más profundos Te ayuda a reconocer cuándo no estás “solo siendo organizada”, sino sintiéndote insegura
Detectar el miedo cambia el patrón Preguntarte «¿Qué temo que pase?» revela la historia ansiosa detrás de la conducta Te da una herramienta práctica para pausar en vez de reaccionar en piloto automático
Los pequeños experimentos construyen seguridad real Permitir pequeñas imperfecciones y regular tu cuerpo, no la situación Te permite comprobar que puedes afrontarlo incluso cuando no está todo bajo control

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Cómo sé si es ansiedad o solo una preferencia fuerte? Si no conseguir lo que quieres te provoca tensión física, pensamientos acelerados o sensación de catástrofe en vez de una molestia leve, probablemente es ansiedad, no solo gusto personal.
  • ¿Los problemas de control pueden venir de la infancia? Sí. Crecer en entornos impredecibles, caóticos o muy críticos a menudo te enseña que control = seguridad, y tu cerebro adulto sigue usando esa estrategia.
  • ¿Querer que las cosas se hagan “bien” es siempre un problema? No. Los estándares altos son útiles cuando son flexibles. Se convierte en un problema cuando los errores se vuelven intolerables y las relaciones sufren para que todo esté “bien”.
  • ¿Y si soltar el control me da más ansiedad? Es normal al principio. Empieza con experimentos muy pequeños, acompáñalos de acciones calmantes (respiración, movimiento) y ve aumentando poco a poco en lugar de forzar cambios enormes.
  • ¿Necesito terapia para esto? No siempre, pero la terapia puede ser de gran ayuda si tus patrones de control afectan a tu sueño, salud, trabajo o relaciones, o si te sientes atrapada intentando cambiarlos a solas.

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